por Eduardo Montagut
- 17 Septiembre 2024
- Escrito por Eduardo Montagut
La celebración del primero de mayo provocó que la Masonería despertara a la cuestión social. Así pues, la Asamblea General del Gran Oriente Español, celebrada el 16 de mayo de 1891, en Madrid, trató sobre este particular de la mano del gran maestre, Miguel Morayta, que pidió que las logias dedicasen algunas de las tenidas a las materias que planteó.
Morayta era consciente de que no se podía esconder la gravedad de la cuestión social, especialmente desde que se había celebrado el primero de mayo. Por otro lado, reconocía que había una gran diversidad a la hora de resolver la misma. Siguiendo un planteamiento metódico, propio de la Masonería, estableció tres puntos a tener en cuenta a través de la formulación de preguntas con sus posibles consecuencias.
En primer lugar, si eran evidentes de las desigualdades, las miserias y las desdichas en la relación o discusión entre el capital y el trabajo, cabía preguntarse si eran consecuencias de una defectuosa organización social y de un “falso concepto de la propiedad” o, si, por el contrario era un fenómeno común a todas las épocas, partiendo del hecho de que siempre había habido ricos y pobres, “vigorosos y débiles, enfermos y sanos, holgazanes y aplicados”, pero, sobre todo, ricos que abusaban de su poder y pobres que aspiraban a mejorar su situación.
Planteada la disyuntiva, si se decidía que la desigualdad era innata y necesaria para la sociedad y al modo de ser de la propiedad, Morayta preguntaba que podía hacer el Estado para mejorar la condición de las clases pobres, necesitadas, indudablemente de mejoras.
Pero, si la desigualdad visible radicaba en la defectuosa organización de la sociedad o de la propiedad, o de ambas a la vez, la pregunta iba encaminada a saber sobre qué nuevas bases debía asentarse la propiedad y la sociedad del porvenir.
Algunas logias contestaron y se publicaron sus informes en el Boletín de la obediencia.
Ya en el siglo XX, en concreto en 1910 el Grande Oriente Español dio un paso más y se planteó la posibilidad de crear logias obreras, muchos años después de la iniciativa de la Gran Logia Simbólica Española. La idea era parecida, y se basaba en el principio paternalista de proporcionar a los obreros la formación masónica como medio para evitar la lucha de clases. La principal obediencia española estaba intentando ofrecer una alternativa al evidente auge de ese movimiento obrero, en un momento de crecimiento de la UGT, y de surgimiento de la potente CNT, y justo cuando se había producido la Semana Trágica.
En realidad, no tuvo mucha repercusión.
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