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«La cerveza y la rubia» por Juan Antonio Tirado

Mi padre murió un delicioso mediodía de junio de 1988, víctima de un infarto. Yo había ido a un juicio, de modo que tardé en enterarme más de una hora. Cuando volví al despacho, la secretaria me comunicó la noticia y añadió que Marisa, mi mujer, estaba ya en el tanatorio. Por entonces no teníamos teléfono móvil por lo que no tuve oportunidad de ponerme en contacto con Marisa. Me bajé a la calle para coger un taxi, pero antes me dejé envolver por la caricia de un sol dulce y radiante, mecido por una leve brisa. Había salido uno de esos días primaverales en los que pasear por Madrid resulta un regalo. Mi cita estaba en el tanatorio de la M- 30, no debía perder un minuto, o eso me decía mi viejo sentido del deber, pero me demoré caminando calle Goya abajo. Entré en el Corte Inglés para comprarme una corbata negra. Con ella anudada al cuello seguí andando, mientras pensaba en el carácter simbólico de las corbatas, y en el matiz fálico que vio en ellas Freud. Entre tanto, las terrazas se desplegaban tentadoras, claro que yo no debía entretenerme, aunque me entretuve.

No pude sustraerme al placer de sentarme durante unos minutos en una hamaca y pedir una jarra de cerveza fría, muy fría. Será sólo un momento, me dije, sólo que el momento se fue alargando, me tomé una segunda jarra de cerveza y una tercera. Para entonces, y toda vez que bebía a palo seco, flotaba ligera y dulcemente. Me invadió una sensación muy cercana a la felicidad, algo que me ocurre muy de tarde en tarde, siempre en soledad, y con frecuencia acodado en la barra de un bar.

Esta vez estaba al aire libre y de mis solitarios rincones íntimos vino a sacarme una sugestiva presencia rubia, que se había sentado en la mesa de al lado. Me sentí inspirado y le hablé con cadencia poética, soltura gramatical y atrevimiento. Lo bueno fue que aquella mujer, que me pareció no tendría ni treinta años, me siguió el juego. Hasta entonces yo había estado sumido en mis cosas. Ahora me olvidé de todo, incluido mi padre. Las sucesivas cervezas sirvieron para quitar de mi cabeza cualquier urgencia por ir al tanatorio. El destino me había colocado en una rara encrucijada: el mismo día de la muerte de mi padre, a quien quería con pasión, el azar me había puesto al lado una de esas mujeres capaces de conmover mis principios más sólidos.

La mujer se llamaba Laura, y era periodista. Me resultó indiferente que el rubio fuese de bote, como saltaba a la vista. Tenía una bonita sonrisa, nada presuntuosa, digamos que acogedora, aunque lo que me perturbó en seguida fue la pujanza de sus piernas, dimitidas de una minifalda de rayas escocesas. En circunstancias normales, a esas horas yo no habría estado allí. Pero no era un día normal, se acababa de morir mi padre y el tiempo había adquirido un relieve distinto al de cualquier otro miércoles. No tardé en sentir la dureza debajo del pantalón.

– Eres una chica muy guapa – le dije, tras una breve y entretenida presentación -. Podría enamorarme de ti en veinte minutos, lástima que sea un hombre tan ocupado.

– ¿De verdad que estás tan ocupado? ¿Dónde tienes que ir ahora?

– Al tanatorio.

– Caramba, me dejas descolocada.

– Bueno, no le des mayor importancia. En realidad, voy al tanatorio todos los miércoles.

– ¿Una promesa, quizá?

– No, por ver si ha ocurrido algo.

– Y este miércoles, ¿piensas que habrá ocurrido algo?

– Bueno, quizá haya muerto mi padre.

– Eres un artista del humor negro.

– Yo no, la vida.

No le dije a aquella mujer que era verdad lo de mi padre, al cabo una confesión inapropiada, consecuencia de un fraseo banal. La muerte de papá era algo irreductiblemente serio, y no moneda de cambio en un juego tonto de seducción. Aun así, ocurrió lo que tenía que ocurrir, o una de las cosas que podían ocurrir. Sucedió que Laura y yo acabamos en su apartamento. Follamos y me di literalmente a la fuga, sin intercambiarnos siquiera los teléfonos. Cuando llegué al tanatorio, Marisa estaba muy nerviosa; yo no sé qué historia me inventé para salir del paso, el hecho es que ella fue poco a poco serenándose. Quise ver a mi padre, pese a que Marisa me recomendó que no lo hiciera, pues estaba muy desfigurado. Lo estaba, sí, parecía que se hubiese producido un movimiento sísmico en su interior, que le hubiera cambiado el rostro de arriba abajo.

Durante el entierro, mientras se me juntaban imágenes de la vida de mi padre con escenas eróticas con Laura, sentí una angustia serena, pero muy honda, como si hubiera comprendido de pronto algo que siempre estuvo ahí: el absurdo de vivir para morirse.

Nunca le he contado esta historia a nadie, y menos, claro, a mi mujer, pero estas son las memorias de un muerto. A nadie obligo a leerme. Nadie, a estas alturas, tendrá redaños para hacerme callar.

23/9/2024

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